Oded Balaban — University of Haifa — balaban@research.haifa.ac.il
El 1 de noviembre de 2026, al día siguiente de las elecciones legislativas israelíes, Gideon Levy —el veterano columnista del matutino Haaretz, conocido por su oposición a la ocupación y por su crítica frontal a la derecha— publicó la columna “Vayan a explicarle a un observador extranjero qué pasa en Israel. Aquí ya nada tiene sentido”. Redactada como un diálogo con un “observador extranjero” incapaz de entender lo que ocurre en el país, el visitante pregunta y Levy le confirma tres cosas:
1. La clara mayoría surgida de las urnas (67 de los 120 escaños de la Knéset, el parlamento israelí, donde se gobierna con 61) puede formar gobierno, pero no quiere.
2. A Benjamin Netanyahu lo presentó como “el peligro más existencial para el Estado”; y agrega, “cierto, pero los partidos árabes lo son aún más”.
3. El voto árabe “se tira a la basura y listo”, de modo que en Israel no hay 120 diputados, sino solo 101, y el resto son “votos descalificados”.
La columna cierra con un encogimiento de hombros: “Esto es Israel, tarado”. El efecto buscado es la perplejidad. Nada tiene sentido, todo es absurdo y no hay por dónde agarrarlo.
Leída con atención, la pieza no describe el absurdo, sino que lo fabrica, mediante la misma operación de su artículo sobre la guerra contra Irán (“El apoyo a la guerra es apoyo a Netanyahu”, Haaretz, 22 de marzo de 2026). Allí sostenía que admirar la guerra equivale a admirar a su autor, y que los dirigentes de la oposición que elogiaron la ofensiva —Ehud Barak, Gadi Eisenkot, Yair Lapid, Yair Golan y Naftali Bennett— “ya no pueden ser oposición a Netanyahu”, de lo que concluía, textualmente, que “si apoyan la guerra, no tenemos oposición”. Se trata de una falacia de abstracción. Toma un aspecto parcial —el apoyo táctico a una operación militar— y lo eleva a una identificación política total, borrando las diferencias. Lo que allí hacía con el apoyo a la guerra, aquí y ahora lo hace con el sentido común.
El procedimiento consta de tres piezas, y cada una adolece de su propia falla: la generalización universal sin pruebas, la interpretación literal del discurso político tomada solo por su valor nominal, y la conclusión fatalista que extrae de ambas.
Primero, la generalización. La columna de 2026 pregunta: “¿Quién está a favor de más guerra? Todos, absolutamente todos. Siempre, absolutamente siempre” es su respuesta. La afirmación es falsa, y lo decisivo es que Levy lo sabe, porque él mismo la había refutado dos años antes. En febrero de 2024 escribió que a la guerra “más cruel e inútil de Israel no se le opone ni una sola voz en la Knéset, ni siquiera después de más de cuatro meses y de casi treinta mil muertos palestinos, salvo la de los diputados árabes”. De ahí el dilema: o en 2024 había una oposición, la de esos diputados, y entonces el “todos, siempre” de 2026 es falso; o no la había, y entonces aquel elogio de 2024 estaba de más. Las dos cosas no pueden ser verdad a la vez.
Hay además una contradicción interna a la propia columna de 2026. Para montar el absurdo, Levy empieza por borrar a los diputados árabes: si “todos, siempre” quieren guerra, esas voces no cuentan. Pocas líneas después, sin embargo, las necesita, porque se indigna, con razón, de que el voto árabe “se tire a la basura”. Suprime a los árabes cuando le sirven para probar que no hay oposición y los reclama cuando le sirven para probar el escándalo. La misma voz no puede ser inexistente en un párrafo e imprescindible en el siguiente. En esto, Levy emplea exactamente el método del propio Netanyahu: adula a los árabes cuando la adulación le sirve y los trata como un cuerpo extraño cuando le resulta ventajoso.
La generalización tiene una segunda cara. Levy escribe que “casi toda la centroizquierda está contra un gobierno con los árabes, exactamente igual que la derecha”. Ese “exactamente igual” es el corazón del truco, porque mete en la misma bolsa dos cosas distintas: el rechazo de principio de la derecha, que no pacta con los partidos árabes bajo ninguna condición, y la reticencia de una parte de la oposición, que ni abarca a todos ni es de principio, sino negociable. Igualar lo desigual es, justamente, lo que el bibismo —el campo que sostiene a Netanyahu— necesita que se crea: si izquierda y derecha son lo mismo, no queda nada que elegir.
Segundo, la palabra tomada al pie de la letra. Levy lee las frases de campaña como si fueran ley perpetua. Que un dirigente haya dicho durante la elección que no formaría gobierno con los árabes no es un hecho inamovible, porque una coalición se construye negociando y desdiciéndose, y ese desdecirse es el oficio mismo de la política, no una traición al votante. Tomar la consigna por su valor nominal es confundir lo que se promete en campaña con lo que se hace al gobernar. Ya Niccolò Machiavelli lo había formulado: “un gobernante prudente no puede ni debe mantener su palabra cuando cumplirla se vuelve contra sus intereses y cuando han desaparecido las razones que lo movieron a prometer” (El príncipe, cap. XVIII; traducción mía del italiano, OB). Lo que Maquiavelo describe como la naturaleza de la promesa política, Levy lo pasa por alto: lee una declaración de campaña como un compromiso del que no cabe volverse atrás, y de ahí deduce que la puerta está cerrada.
La misma lectura literal reaparece, agravada, en otra palabra. Levy funde dos fórmulas que no son equivalentes: “no gobernar con los árabes” y “gobierno sionista”. No todos dijeron lo primero; varios hablaron de un “gobierno sionista”, término inédito en una campaña. Y cuando Gadi Eisenkot, exjefe del Estado Mayor del ejército y hoy dirigente de la oposición, precisa que lo quiere “sionista y mamlajti” (mamlajti: estatista, de lo común, lo que está por encima de la facción), dice algo del orden de “judío y democrático”: no solo judío. La palabra, así calificada, no deja fuera a los árabes, sino que los incluye en lo común. Leer “gobierno sionista” como “gobierno sin árabes” es la lectura con la que la derecha cierra la puerta; que Levy la adopte, y la presente como un hecho natural, es hacerle a la derecha el trabajo.
La tercera pieza da sentido a las dos anteriores. De una hipocresía real, que describe con razón, Levy extrae una conclusión que no se sigue, un non sequitur: que da igual quién gobierne, que no hay alternativa y que Netanyahu es insustituible. Que los dirigentes sean hipócritas, y que mucho esté podrido, no implica nada de eso. Entre el diagnóstico, “son hipócritas”, y la moraleja, “entonces no hay nada que hacer”, media un salto. Su hostilidad hacia Netanyahu es genuina, y por eso el efecto de sus textos resulta aún más paradójico: esa conclusión no es circunstancial, sino la tesis que ha ido construyendo, columna tras columna, a lo largo de los años.
En agosto de 2020, en la columna de Haaretz “Cuando solo quieren que no sea Bibi”, formuló este mecanismo con suma claridad: “La derecha le debe mucho a la protesta de la izquierda: la habilita, blanquea sus pecados, refuerza su dominio y le otorga una legitimidad que nunca tuvo. Así ocurre cuando un movimiento de protesta se concentra únicamente en la suerte de un solo hombre (solo que no Bibi)”. Quien se define por el “solo que no Netanyahu”, escribió, convierte a su adversario real (la derecha) en su hermano gemelo, y termina por perpetuar su dominio. El diagnóstico es exacto; lo llamativo es que Levy se convirtió en el practicante más constante de aquello que denunciaba.
En abril de 2022, en “¿Caerá el gobierno? No es el fin del mundo” (Haaretz), sostuvo que el próximo primer ministro sería Netanyahu o Lapid, añadiendo que “nada logrará convencerme de que la segunda posibilidad es preferible”. Más aún: si las encuestas se confirmaban, “entonces la justicia exige su retorno”. La afirmación de que “la justicia exige el retorno de Netanyahu” proviene del propio Levy, no de un vocero del Likud (el partido de Netanyahu). La protesta contra él le parecía “chillona y hueca”, desprovista de propuesta “salvo el no”.
En febrero de 2024, el título lo decía todo: “La última semana lo demostró: no hay sustituto para Netanyahu” (Haaretz). Y en el texto: “No hay sustituto para Benjamin Netanyahu, ni alternativa real, ni verdadera oposición”. El remate concluye: “Cierto, todo está podrido. Pero la idea de que con otro gobierno todo cambiaría de inmediato es una ilusión”.
En diciembre de 2023, en “¿Y si no fuera por Netanyahu, no habría ocurrido el fracaso del 7 de octubre?” (Haaretz), repite el mismo patrón. Aquel fracaso (el ataque de Hamás que sorprendió a Israel el 7 de octubre de 2023) constituye el telón de fondo de toda la discusión política israelí. Levy sostiene que ningún dirigente israelí habría actuado de modo sustancialmente distinto frente a Gaza, y que por eso “Israel seguirá en lo suyo” aunque Netanyahu se retire. En esa misma columna, sin embargo, elogia “los esfuerzos dignos de alabanza” de Isaac Rabin, Shimon Peres, Ehud Barak, Ehud Olmert y Ariel Sharon por buscar una solución (así fuera parcial). Si hubo esfuerzos dignos de alabanza, no todos los líderes son iguales; si todos son iguales, sobran los elogios. La contradicción es el costo de una tesis que necesita sostener, simultáneamente, que Netanyahu es el culpable de todo y que su reemplazo no cambiaría nada.
Cabe preguntarse de dónde procede este cinismo. Responde a un solo eje: para Levy, la ocupación de Cisjordania y Gaza es el único parámetro de medida, y ante su fin, cualquier alternativa política israelí le resulta idéntica, disolviendo todas las diferencias en una masa indistinta. Lo que observa existe y las hipocresías que denuncia son reales; el error radica en el salto lógico que da: pasar de “son hipócritas” a “entonces no hay nada que hacer”. Lo verdadero le sirve de justificación para lo falso.
Y lo falso es la pretendida imposibilidad. Los 67 mandatos que Levy concede sí pueden gobernar. Los partidos árabes —que representan a los ciudadanos árabes de Israel (casi un quinto de la población) y a quienes casi siempre se excluyó de las coaliciones— están dispuestos a colaborar, sea dentro del gobierno, apoyándolo desde fuera o de ambas formas a la vez. El propio Levy aporta la cifra que lo prueba: 101 y no 120, porque los otros 19 (los votos árabes) se descartan. Contabilizarlos dentro no es una fantasía aritmética: es el único paso pendiente. Levy lo enuncia como escándalo y lo abandona como una fatalidad insuperable. Eso es en él ya un método.
Aquí reaparecen las dos salidas que su artículo sobre la guerra prefiguraba. Una es reforzar a los partidos árabes como única oposición auténtica, deslegitimando a toda la oposición judía. La otra, más grave, es la desmovilización: infundir en el electorado de oposición la impresión de que no hay a quién apoyar y que todo da lo mismo. Ambas operan, lo quiera o no, a favor de quien ya ostenta el poder (por defecto). Y ambas conllevan el mismo costo: desperdiciar esta oportunidad, ahora que los partidos árabes muestran disposición a integrarse, sería perder una ocasión irrepetible.
Levy nos pidió explicarle Israel a un observador extranjero. Lo que verdaderamente no se puede explicar no es que el voto árabe se tire a la basura, sino que el columnista que más lo lamenta haya dedicado años a demostrar, con todo su talento, que no podía ser de otra manera.
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