Sobre Mi tierra prometida, de Ari Shavit

Ari Shavit, Mi tierra prometida: El triunfo y la tragedia de Israel. Traducción de José Francisco Varela Fuentes. Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial, 2014. Edición original: My Promised Land: The Triumph and Tragedy of Israel. Nueva York: Spiegel & Grau, 2013.

Oded Balaban — University of Haifa — balaban@research.haifa.ac.il

2017

Hay libros que mienten ocultando y libros que mienten confesando. El de Ari Shavit pertenece, con honores, a la segunda especie, que es la más peligrosa, porque ha descubierto que la manera más segura de conservar un botín es declararlo. Mi tierra prometida fue recibido —por David Remnick, por Spiegel & Grau, por el salón judío-liberal norteamericano que le concedió un premio antes incluso de publicarlo— como un acto de coraje: al fin un sionista que «mira de frente» la Nakba. Sostengo lo contrario. Es la apología más eficaz de la limpieza étnica de 1948 que se haya escrito, y lo es precisamente porque no oculta nada. Shavit no defiende el crimen sino que lo paga. Y la moneda con que lo paga es la emoción.

Tómese el capítulo «Lidia, 1948», que es el corazón del libro. No escatima un solo horror: la mezquita hacinada, «una especie de masacre», la madre que «abandona bajo un árbol a su bebé que grita», el soldado «con un bigote delgado» que «disfruta cada momento» mientras aprieta el cañón de su arma contra el pecho de un anciano. Reúne, pieza por pieza, el expediente completo del fiscal. Y entonces, con las pruebas sobre la mesa, dicta sentencia: «no sólo estoy triste, estoy horrorizado»; y, a renglón seguido: «no maldeciré al comandante de brigada y al gobernador militar y a los muchachos del grupo de entrenamiento. Al contrario. En todo caso, apoyo a los criticados… Hicieron el sucio, asqueroso trabajo que permite que mi pueblo, yo mismo, mi hija y mis hijos vivan». Ahí está la máquina entera, a plena luz.

El detalle atroz no contradice la absolución: la financia. Solo quien ha «abierto la caja negra», quien lo ha visto todo, quien se declara «horrorizado», se gana el derecho a decir «no maldeciré». El espanto no estorba al perdón: es su comprobante de pago. Shavit compra Lidia en la única divisa que no le cuesta nada —el sentimiento— y se queda con la casa de Rejovot.

Repárese en la mecánica del argumento, que la solemnidad disimula. De una premisa histórica —«la conquista de Lod y la expulsión de Lod no fueron ningún accidente; fueron una fase inevitable de la revolución sionista»— extrae, sin más trámite, una conclusión moral: luego «no maldeciré». Es decir: de que algo fuera necesario se sigue que está permitido. El viejo salto del ser al deber ser, que un alumno de primer año de filosofía reconoce como falacia, aquí se disfraza de madurez trágica: «la elección es dura: o rechazar el sionismo por Lod o aceptar el sionismo junto con Lod». La disyuntiva está amañada —excluye la única opción decente, que es aceptar el sionismo y reparar Lod—, pero cumple su oficio: pone al lector a elegir entre la patria y la conciencia, apostando a que elegirá la patria.

Y para que el sacrificio de la conciencia no se note, Shavit ofrece una conciencia de repuesto, en liquidación: «Condeno a Bulldozer. Rechazo al francotirador». Condena a una topadora y a un tirador —los instrumentos— para bendecir al comandante que los mandó. Es el truco más antiguo del cómplice: entregar al subalterno para salvar la operación, arrojar al perro para que el amo pase por hombre de bien.

Lo verdaderamente revelador es contra quién dirige el desprecio. No contra los verdugos, sino contra «los sensibleros liberales israelíes… que condenan lo que hicieron en Lod, pero disfrutan los frutos de su acto». La observación es exacta: es hipócrita gozar del saqueo y condenar al saqueador. Solo que Shavit, en vez de resolver la hipocresía devolviendo lo saqueado, la resuelve retirando la condena. Conserva los frutos y suprime el reproche —y a esa amputación la llama coraje—. Ha encontrado, en efecto, el remedio de la hipocresía liberal: dejar de ser liberal. Desde esa altura se corona a sí mismo «tercer enfoque», el único «realista, moral», por encima de una izquierda que solo ve la ocupación y una derecha que solo ve la amenaza. Es la lucidez contemplada desde el césped de Rejovot: el hombre que, por mirar los dos lados, se cree con derecho a no juzgar ninguno.

Todo el libro está armado para que esta operación no repugne sino conmueva, y el instrumento es la estetización. Shavit contempla la columna de deportados «a través de la neblina» amarilla desde «el punto más alto de la aldea juvenil de Ben Shemen» y la convierte en paisaje: «la columna aún sigue marchando hacia el este. Porque columnas como la de Lod nunca dejan de marchar». Una postal. El sufrimiento ajeno filmado a contraluz, con música de fondo. Y el marco del libro remata la faena: abre y cierra en el mismo bar, con el mismo «whisky de malta», mirando el puerto de Jaffa «rehabilitado», con sus «galerías, restaurantes, bares» levantados sobre «las antiguas bodegas árabes». El hombre bebe un single malt sobre las ruinas gentrificadas de lo que su pueblo tomó, y a eso lo llama «un monumental espectáculo de vida». Es el connoisseur de su propio crimen, saboreándolo con nota de cata.

Y cuando llega la hora de rendir cuentas, no hay quien las rinda. El libro se disuelve en metáfora de cine: «Somos un grupo variopinto arrojado a una película épica cuya trama no entendemos. El escritor del guion se volvió loco. El director huyó. El productor quedó en bancarrota. Pero seguimos aquí, en este escenario bíblico… Pase lo que pase». Obsérvese la evaporación del agente: el guion se escribió solo y su autor enloqueció; nadie expulsó a nadie, ocurrió una película. Es justo lo que promete el subtítulo, «El triunfo y la tragedia»: hay un triunfo, concreto y con beneficiarios, y hay una tragedia, anónima y sin culpables. «Tragedia» es la coartada más vieja del poderoso: convierte una decisión en un destino, un victimario en un personaje, una expulsión en una fatalidad meteorológica. Los dioses lo hicieron; el guionista enloqueció; la columna, por su cuenta, «nunca deja de marchar».

Existe una figura —el testigo que no sabe que atestigua— que, creyendo que elogia, denuncia. Shavit es su ejemplar contemporáneo perfecto. Cree estar dando una lección de honestidad nacional y está firmando, sin advertirlo, el acta del procedimiento por el cual una limpieza étnica sigue pasando, tres generaciones después, por madurez política. Su libro no es una confesión: una confesión pide la absolución de otro y arriesga la pena. El suyo se absuelve solo, por adelantado, y no arriesga nada —al contrario, cobra: premios, prólogos, la gratitud de un público que necesitaba exactamente esto, la angustia y el botín encuadernados en un mismo tomo, la expiación al por menor—. Un hombre que confiesa un asesinato para heredar la finca no es un penitente. Es el heredero. Y Mi tierra prometida es el testamento.


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