Oded Balaban — University of Haifa — balaban@research.haifa.ac.il

Una crítica amistosa al canal Ciclos del Tiempo

(“El Misterio de la Conciencia: La Explicación Completa”, canal Ciclos del Tiempo, Facebook, https://www.facebook.com/reel/1157716113259337)

Critiqué hace poco un video que prometía que la conciencia iba a cambiar toda la física, y que buscaba su domicilio primero en las neuronas, después en los microtúbulos, después en el colapso de la función de onda. El que comento ahora, de un canal llamado Ciclos del Tiempo, trata el mismo asunto y es casi su contrario. Hacia el final, el narrador advierte que lo del observador que crea la realidad y lo de la mente que funciona con energía cuántica no tiene ningún respaldo experimental, y lo describe como una mezcla de palabras de física con ganas de que el universo gire alrededor suyo.

El video separa con cuidado lo que está demostrado, lo que tiene consenso y lo que es pura especulación. Desarma el mito de Benjamin Libet. Cuenta que la prueba más seria que se montó para dirimir entre las dos grandes teorías rivales sobre la conciencia terminó sin ganador, y lo cuenta aunque la que salía peor parada fuera la que él mismo parece preferir. Da la defensa de las teorías que ataca, no solo el ataque. Y ante el caso más difícil, el de una paciente que llevaba meses sin responder a nada y de la que nadie sabía si seguía habiendo alguien adentro, dice que los datos no alcanzan para saber qué le pasaba por la cabeza y que él no lo va a inventar.

El mito de Libet que el video desactiva merece un apunte. En los años ochenta Benjamin Libet midió que el cerebro empieza a prepararse para mover la muñeca cerca de medio segundo antes de que uno sienta las ganas de moverla, y de ahí se sacó el titular de que decidimos sin enterarnos y el libre albedrío es entonces un espejismo. La conclusión se cae por dos lados. Aaron Schurger mostró en 2012 que esa actividad previa puede ser un artefacto de promediar ruido y no una orden anticipada; y, antes que cualquier dato, cronometrar unas ganas de mover la muñeca, un gesto que no decide nada, no es cronometrar una decisión. Querer casarse, o votar a alguien, no ocurre en un punto del reloj; uno quiere, y las razones, si llegan, llegan después. Que el cerebro esté en marcha antes de que el acto termine solo escandaliza a quien esperaba un alma que moviera las neuronas primero. El mito necesita el dualismo que presume de refutar.

Verifiqué los hechos uno por uno y están bien. La apuesta, el experimento de la mano de goma, el paciente del cerebro dividido, la visión ciega, el estudio de los pacientes sin respuesta aparente, las declaraciones sobre animales. No hay por dónde agarrarlo por el lado del error.

Y por eso mismo vale la pena discutirlo. Refutar al charlatán no enseña nada, porque el charlatán pierde por sus adornos y uno se queda con la impresión de que el problema eran los adornos. La versión prudente comete el mismo error que la mística.

Mi objeción cabe en una línea. El video expulsa al sujeto en su primera mitad y lo vuelve a necesitar en la segunda, sin advertirlo. Todo lo que sigue es el detalle de esa operación.

La pregunta de Isabel de Bohemia, sin Isabel

El video empieza por donde hay que empezar. René Descartes publica las Meditaciones en 1641, parte el mundo en dos clases de cosas, las que ocupan espacio y no piensan y la que piensa y no ocupa espacio, y como enseguida necesita que se toquen en alguna parte, elige la glándula pineal. En 1643 la princesa Isabel de Bohemia le escribe y le hace la pregunta que no supo contestar: cómo algo sin cuerpo empuja a un cuerpo. El video lo cuenta bien y dice, con razón, que ahí quedó un agujero.

Después ofrece como ganancia histórica lo siguiente. Antes preguntábamos dónde está el alma; hoy preguntamos cómo un sistema físico puede sentirse a sí mismo. Y agrega que la segunda pregunta es más extraña y, por primera vez, experimentable.

La segunda pregunta no es nueva. Es la de Isabel con una sustancia tachada. Ella preguntaba cómo lo inextenso mueve lo extenso; el video pregunta cómo lo extenso siente. En los dos casos se supone que hay dos órdenes de cosas y que explicar consiste en hallar el mecanismo que los conecta. Borrar uno de los dos términos no disuelve el problema, deja el agujero sin aquello que antes lo tapaba.

Descartes al menos tenía la decencia de señalar un lugar y de equivocarse de manera comprobable. El relato de hoy conserva la pregunta y suprime el lugar, lo que no es un progreso sino la misma deuda con menos garantías. La glándula no desapareció del cuento. Se quedó sin dirección.

El homúnculo vuelve por la ventana

El video demuele muy bien al hombrecito interior. Si dentro de la cabeza hay alguien que mira una pantalla, ¿con qué mira él?, y la cadena no termina nunca. Correcto, y bien explicado. La conclusión que saca es que no hay un lugar donde todo se junta y alguien mira, sino muchos procesos a la vez y un sistema que arma una historia ordenada sobre todos ellos. El yo, dice, no es un espectador, sino la historia.

Tres párrafos antes había explicado su tesis con la imagen de la pantalla de un teléfono, donde uno toca un ícono y cree manejar el programa. La experiencia consciente, dice, podría ser la interfaz que el cerebro construye para uno.

¿Para quién, si acaba de probar que no hay nadie? Una interfaz sin usuario no es una interfaz, sino mero cableado. Lo mismo pasa con el intérprete de Michael Gazzaniga, ese sistema que fabrica al momento una explicación de lo que uno hizo: un intérprete interpreta para alguien. Y lo mismo con el remate, porque una historia sin lector no es una historia, sino mera tinta, ese líquido que hace funcionar a Mont Blanc, Parker y a Tintenkuli, esas lapiceras hechas para clavarlas en los pisos de madera de los colegios.

El hombrecito fue despedido en un párrafo y recontratado en el siguiente con otro uniforme. No es un descuido de redacción. Es lo que ocurre cuando se niega al sujeto y se lo sigue necesitando para que las palabras de la explicación conserven algún contenido. Modelo, interfaz, historia, predicción, representación: todas esas nociones son relativas a alguien para quien son lo que son. Suprimido ese alguien, quedan los sustantivos y se va el significado.

Una predicción que nada corrige

La pieza central de la explicación es la idea que Anil Seth llama alucinación controlada. La percepción no sería un espejo del mundo sino una predicción que el cerebro hace sin parar y corrige con la información de los sentidos. Uno no ve lo que hay, ve la mejor hipótesis de su cerebro sobre lo que hay.

Habría que preguntar qué corrige. Si nunca se llega a lo que hay, nada puede corregir la hipótesis, porque corregir exige contacto con aquello contra lo cual se corrige. Para saber que el retrato se parece al modelo hay que haber visto al modelo. Una teoría de la percepción que niega el acceso no puede explicar el único mecanismo del que depende.

Y de paso reconstruye el teatro cartesiano que vino a demoler. Si lo que veo es un modelo que mi cerebro me muestra, estoy encerrado adentro del modelo y el mundo quedó del otro lado, inalcanzable. Es el problema del mundo exterior de las Meditaciones, ahora con neuronas y con mejor prensa.

La salida no está en mejorar el modelo. Está en advertir que la conciencia es siempre conciencia de algo, una relación y no un cuadro que alguien inspecciona por dentro. Ver no es comparar una pintura con un original que nunca se vio. Es mi trato con la cosa, y ese trato puede fallar, y cuando falla lo corrige la cosa misma.

Los experimentos dicen lo contrario de lo que se les hace decir

El experimento de la mano de goma de Matthew Botvinick y Jonathan Cohen se presenta así: la mano no era tuya, vos lo sabías, y aun así el cerebro decidió que sí. Vale la pena mirar quién es el que sabía. La ilusión la reporta un sujeto que no se la cree. Si el yo fuera fabricado por el aparato, no quedaría nadie para notar la discrepancia entre lo que sabe y lo que siente.

El caso de Wilder Penfield es más fuerte todavía, y el video mismo lo señala como el detalle que lo cambia todo. En el quirófano de Montreal, con el cráneo abierto y el paciente despierto, el electrodo le movía la mano y el paciente no decía que la había movido él. Decía que se la había movido el cirujano. Distinguía perfectamente la acción propia de la provocada desde afuera.

El video lee eso como que el sentimiento de ser el autor vive en algún sitio del cerebro y algo lo fabrica. Lo que el experimento exhibe es un sujeto que acierta. Si el yo fuera un cuento del intérprete, el paciente de Penfield habría dicho que movió la mano él. Dijo que no, y tenía razón. El que corrige el error es precisamente el que, según la tesis, no existe.

Con el cerebro dividido pasa algo parecido y peor. El hemisferio que habla inventa sin pestañear una razón para lo que hizo la mano izquierda, y la razón es coherente y falsa. El video generaliza: todos haríamos algo así. Pero notemos cómo sabemos que el paciente confabula. Lo sabemos porque el experimentador sabe lo que vio cada hemisferio y puede comparar. Detectar una confabulación supone un criterio de acierto. Si todas nuestras explicaciones fueran confabulación, también lo sería la que afirma que todas lo son, y la tesis se come a sí misma antes del postre.

La visión ciega prueba que la experiencia nunca fue una función

Lawrence Weiskrantz describió pacientes que aciertan muy por encima del azar sobre cosas que juran no ver, y lo llamó visión ciega. El caso que el video cuenta es el del hombre conocido como T. N., que tras dos ictus perdió por completo las zonas de la corteza que procesan la visión y recorrió un pasillo lleno de obstáculos sin tocar ninguno, sin ver, según él, absolutamente nada.

El video concluye que ver y sentir que se ve son dos cosas distintas, y que hay un procesado enorme sin nadie adentro notándolo. Pero repárese en lo que eso significa para la pregunta de fondo. La función se cumplió entera y no hubo experiencia. Podría decirse que lo que faltó fue otra función, la de notar, y que la experiencia vive ahí. Pero notar fue, en los casos anteriores, lo que hacía el que corregía el error, y ese no era un renglón más de la lista. Era el que la leía. Entonces la experiencia no era un renglón que falte en el inventario de funciones. Nunca fue un renglón de esa lista.

David Chalmers tiene razón, y la tiene por un motivo que el video no puede enunciar sin desarmarse. El problema difícil no consiste en que falte un ingrediente que algún día aparecerá en el inventario. Consiste en que la física se construyó hace cuatro siglos para quedarse con lo que se pesa y se cuenta, y el que pesa y cuenta no figura en su propia lista. Asombrarse de no encontrar la experiencia ahí adentro equivale a asombrarse de no hallar el pez en la red tejida para que el pez pasara de largo.

El empate que no pide mejores experimentos

Lo más valioso del video es el episodio menos conocido. Los defensores de las dos grandes teorías, el espacio de trabajo global y la información integrada, hicieron algo casi sin precedentes: se sentaron juntos y acordaron por escrito, antes de ver un solo dato, qué resultado confirmaría a cada una y cuál la refutaría. Un equipo independiente corrió los experimentos. Ninguna de las dos salió limpia.

La lectura corriente es que falta refinamiento. Hay otra. Las dos teorías buscaban un lugar y una firma, una zona adelante o una zona atrás, una oleada de actividad con cierta forma. Un resultado vacío es exactamente lo que cabe esperar cuando se busca el domicilio de algo que no tiene domicilio. El experimento no fracasó. Contestó que la pregunta estaba mal hecha, que es la única respuesta que ningún protocolo registra de antemano.

La ironía la pone el propio video. Christof Koch apostó en 1998 que en veinticinco años sabríamos cómo las neuronas producen la conciencia, y la teoría con la que esperaba ganar es una de las dos que quedaron heridas. Pagó con una caja de vino y propuso otra apuesta a veinticinco años. Vence en 2048. ¡Cuánta constancia!

Al empate le siguió, como era de esperar, la pelea. Por esos mismos días ciento veinticuatro investigadores firmaron una carta abierta que llamaba pseudociencia a la información integrada. El video, y esto lo honra, da también la respuesta, que una teoría puede estar equivocada sin ser una pseudociencia, y que confundir las dos cosas es cambiar un argumento por una acusación.

La única prueba que funcionó

En 2006 Adrian Owen metió en un escáner a una mujer de veintitrés años que llevaba cinco meses sin responder a nada y le pidió, en voz alta, que se imaginara jugando al tenis. Se encendió el área motora suplementaria, la misma que en los voluntarios sanos. Le pidió entonces que se imaginara caminando por las habitaciones de su casa, y se encendió otra zona distinta, también la misma que en los sanos. En 2024, un estudio internacional con doscientos cuarenta y un pacientes sin respuesta aparente encontró que alrededor de uno de cada cuatro mostraba algo semejante.

Deténganse en qué fue lo que probó que había alguien ahí. No fue que se encendiera un área, porque las áreas se encienden solas todo el tiempo. Fue que obedeció. Dos órdenes distintas, dos respuestas distintas, correctas, a pedido y repetidas. El escáner solamente dijo dónde mirar. La prueba fue la respuesta a una interpelación.

En el único caso verdaderamente concluyente de todo el video, el criterio que funcionó no fue un sustrato, ni un número que mide integración, ni una firma neuronal. Fue la segunda persona. Alguien contestó cuando se le habló.

Y ahí la mitad teórica del video le saca el piso a su mitad moral. El video sostiene, con razón, que si hay gente consciente sin que nadie lo sepa, las decisiones sobre su cuidado cambian. Esa conclusión exige que en el escáner haya alguien a quien se le pueda hacer daño. Si el yo fuera una historia que el cerebro se cuenta, no habría a quién, y la consecuencia médica se quedaría sin sujeto a quien proteger. Lo que el video afirma al final necesita lo que negó al principio.

Agrego algo que juega en contra de mi propia posición, porque dejarlo afuera sería hacer trampa. Yo sostengo en otro lugar que la marca del sujeto es la iniciativa de preguntar, el acto de alguien a quien le falta algo y para quien algo está en juego. La paciente de Owen no pregunta. Responde. Mi criterio es más exigente que el que la medicina usa para decidir que hay alguien en casa, y la medicina no puede darse el lujo de esperar a que el paciente formule una pregunta. Eso no refuta nada, pero marca hasta dónde llega cada cosa, y prefiero decirlo yo antes de que me lo digan.

La llama

El cierre del video dice que uno es real como es real una llama, no como una cosa sino como algo que ocurre, un suceso, un evento.

La metáfora se le da vuelta en la mano. Una llama es un proceso físico que nadie necesita ser. Se describe entera desde afuera, en oxígeno y temperatura, y no queda ningún resto por explicar. Si el yo fuera como una llama, no quedaría pregunta alguna, y el video había dicho un renglón antes que la pregunta sigue abierta. Para explicar el yo eligió justamente un ejemplo de aquello que acaba de reconocer que no puede explicar.

La última línea es todavía más reveladora: no es poca cosa, dice, para algo que ni siquiera sabe qué es. Quien no sabe algo es alguien. Las llamas no ignoran nada.

La pregunta por cómo un sistema físico se siente a sí mismo va a seguir sin respuesta mientras se la haga así, porque pide la dirección postal de una relación. Es el viejo error de buscar la imagen dentro del espejo: uno lo da vuelta y encuentra vidrio y azogue, nunca la habitación. A mi gato le pasa a veces ir a buscar detrás del espejo.

El video termina pidiéndole al espectador que se mire las manos. Es un buen consejo, y el único de toda la hora que no requiere ninguna teoría. Para mirarse las manos hay que ser alguien.

Bibliografía

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