Oded Balaban — University of Haifa — balaban@research.haifa.ac.il
Una crítica muy crítica al canal Qvibe Manas
(“Esta es la razón por la que la ESCALOFRIANTE TEORÍA de la Conciencia Podría Cambiar TODA la Física”, canal Qvibe Manas, YouTube, https://www.youtube.com/watch?v=MHe3RmOV9Ys)
El video que me envió mi amigo Horacio para provocarme, lo que logró hacer con éxito, promete que la conciencia podría cambiar toda la física. Empieza con los 21 gramos que el doctor Duncan McDougall creyó pesar en 1907 y, aunque se ríe de la anécdota, no sale nunca de su lógica. Durante una hora busca la conciencia como si fuera una cosa con domicilio: primero en las neuronas, después en los microtúbulos del esqueleto de la célula, después en el colapso de la función de onda, al final en la geometría del espacio-tiempo. El error está entero, en miniatura, desde el primer minuto. No es un peso que todavía no supimos medir; es que no hay nada que pesar.
McDougall pesó a seis tuberculosos en el momento de morir. Uno solo arrojó los veintiún gramos; los otros cinco dieron cifras distintas, o ninguna, y él mismo admitió que seis casos eran pocos para concluir algo. La posteridad se quedó con el que salió bien, que es el método más antiguo de la ciencia. Después repitió el experimento con quince perros, que no perdieron un solo gramo, y de ahí dedujo, con la lógica intacta, que los perros no tienen alma. La otra conclusión disponible no se le ocurrió nunca, y era que su balanza medía exactamente lo que había, es decir, nada (McDougall 1907).
Los que invocan el alma para sacarla del mundo físico la prueban siempre con argumentos que la meten de cabeza dentro de él. McDougall la pesa, 21 gramos. Los espiritistas la hacen golpear, inclinar mesas, levantar objetos, dejar su marca en una placa. Para todo eso el alma tiene que tener peso, ocupar un lugar y empujar la materia; tiene que ser un cuerpo entre los cuerpos, con masa y quién sabe si con medidas y volumen. Pero el principio que piden prestado sin advertirlo es justamente el que los deja sin alma: solo un evento físico puede poner a otro cuerpo en movimiento o en reposo. Si el alma mueve la mesa, el alma es una causa física, y entonces es tan material como la mesa que inclina. El argumento que debía demostrar que el alma no es materia solo funciona si el alma es materia. Sierra la rama sobre la que está sentado. Lo que quieren es un fantasma que deje huellas digitales, un espíritu que pague la entrada al mundo físico (peso, fuerza, medida) y que al mismo tiempo no sea de este mundo. Las dos cosas no se pueden tener a la vez. O el alma es física, y entonces no es lo que ellos quieren decir, sino materia todavía mal conocida, atada a las mismas leyes que todo lo demás; o no es física, y entonces no pesa, no inclina mesas, no empuja una sola neurona, y toda la evidencia se les evapora en la mano. Quieren el sello de entrada en el pasaporte y, en la misma página, la constancia de que nunca cruzaron la frontera.
El antepasado de esta confusión es René Descartes. Vio el problema con una claridad que a los demás les falta, y cayó en él igual. Hizo el alma inmaterial, sin extensión, y enseguida la necesitó para mover el cuerpo, así que puso el punto de encuentro en la glándula pineal, esa pequeña glándula en el centro del cerebro donde el alma torcería el curso de los espíritus animales (Descartes [1649] 1997, arts. 31-32). La eligió, entre todas las piezas del cerebro, porque es la única que no viene duplicada, y el alma, siendo una, no podía andar repartida en dos mitades. Es el único argumento anatómico de la historia que razona a partir de la cantidad de ejemplares disponibles. La princesa Isabel de Bohemia le hizo de inmediato la pregunta que nunca supo contestar: cómo una cosa sin extensión ni masa logra empujar a otra que tiene las dos (Isabel de Bohemia [1643] 1997). Para desviar los espíritus aunque sea un pelo, el alma tiene que ejercer una fuerza; para ejercer una fuerza tiene que ser física; y entonces ya no es el alma inmaterial, sino un cuerpo más en la cadena. La pineal es la balanza de McDougall tres siglos antes, y la mesa del médium tres siglos antes.
El principio que cierra la puerta es simple, y sobre él se apoya toda la física: el mundo físico es causalmente cerrado. Todo evento físico tiene una causa física suficiente, y nada entra en el libro de cuentas de las fuerzas desde afuera. Un alma inmaterial que moviera una sola neurona tendría que aportar una fuerza salida de la nada, una excepción a la conservación de la energía que ningún experimento atrapó jamás. O el alma paga en la moneda de la física, y entonces es física, o no toca el cuerpo en absoluto. La glándula de Descartes, la balanza de McDougall, la mesa del espiritista y el colapso cuántico en el microtúbulo son cuatro nombres de un mismo deseo: que el fantasma mueva los muebles sin volverse un mueble.
La equivocación tiene un nombre tan viejo como la filosofía: buscar la imagen dentro del espejo. Un espejo refleja la habitación entera, y si uno lo da vuelta no encuentra ninguna habitación detrás, solo vidrio y azogue. La conciencia es como ese reflejo. Es siempre conciencia de algo, una relación, y no una sustancia guardada en alguna parte. Preguntar dónde se almacena (en qué neurona, en qué cuanto de gravedad, en qué 21 gramos) es preguntar en qué lugar del respaldo del espejo está metida la ventana que se refleja. La pregunta está mal construida, y ningún instrumento, por fino que sea, encuentra lo que no está puesto para ser encontrado.
La analogía sirve para desarmar la pregunta por el domicilio, y no para mucho más. Deja intacto lo que de verdad hay que explicar, que no es dónde se guarda la conciencia, sino algo mucho más ordinario: cómo es que levanto la mano cuando quiero levantarla.
Yeshayahu Leibowitz, que era bioquímico antes que filósofo, planteó la cuestión en términos que no dejan salida. En Cuerpo y alma. El problema psicofísico mostró que ahí hay en realidad dos preguntas, y que casi siempre se contesta la segunda sin haber contestado la primera: si existen de veras dos mundos separados entre los cuales hay correlación, y, suponiendo que existan, de qué naturaleza es esa correlación (Leibowitz 1982, 36). Su ejemplo no es el alma que abandona el cuerpo ni el fotón que decide. Es el brazo. Siento que hago algo porque quiero hacerlo; pero el hacer pertenece al mundo físico, y mi querer no existe en ninguna parte salvo en mí, en el dominio privado de mi conciencia. Levanto la mano. Nada en la física explica ese porqué (Leibowitz 1982, 31).
Aquí la cosa se vuelve incómoda también para mí. Más arriba usé el cierre causal del mundo físico para cerrarle la puerta al alma que empuja la glándula, y lo sigo sosteniendo. El problema es que el principio no discrimina. La misma puerta que le cierro al espiritista se me cierra a mí cuando levanto la mano. Si todo evento físico tiene una causa física suficiente, mi querer no puede ser la causa de nada, y sin embargo la mano sube cada vez que me lo propongo. La física no fracasa en el caso exótico del fantasma. Fracasa en el caso más común del mundo, y lo hace desde el primer día.
Eso es lo que comparten, sin advertirlo, los que se pelean. El espiritista, Descartes, Penrose y el narrador del video aceptan los mismos presupuestos: que hay dos órdenes de cosas, y que explicar consiste en encontrar el mecanismo que los conecta. Discuten dónde está el enchufe. Ninguno se pregunta si el aparato tiene enchufe. La física no está construida para dar cuenta de la relación psicofísica, igual que un termómetro no está construido para pesar; y nadie acusa al termómetro de estar en crisis.
Hay además una pista histórica, y Leibowitz la sigue en el capítulo que dedica a los pensadores antiguos y a los modernos (Leibowitz 1982, 31-35). El abismo no estuvo siempre ahí. En el mundo antiguo el cuerpo era más anímico y el alma más corporal: el alma era la forma del cuerpo vivo y no un inquilino alojado en él, el pneuma era un soplo, los espíritus animales corrían por los nervios como corre un líquido. No había que conectar dos cosas, porque no estaban separadas de ese modo. Fue Descartes quien hizo el corte limpio, y le salió tan bien que la conexión se volvió impensable. El problema de cómo se tocan el alma y el cuerpo es hijo de la operación que los separó. Primero se los definió de manera que no pudieran tocarse y después se salió a buscar el punto de contacto.
Y la experiencia no es solamente ver rojo. El video se queda en la mitad receptiva del problema y pasa de largo junto a la mitad activa, que es la peor de las dos, porque ahí no hay un hueco en la explicación sino un choque frontal con la conservación de la energía. Arthur Eddington dejó la imagen que mejor lo muestra, en La naturaleza del mundo físico. Hay dos mesas: aquella sobre la que apoyo el codo, sólida y marrón, y la de la física, que es casi toda vacío y cargas. Eddington concluyó que la real es la segunda. Lo notable es que escribió esa conclusión apoyado en la primera. El mundo del que partió el viaje científico termina declarado ilusión por el viaje mismo, y nadie explica cómo se vuelve de una mesa a la otra (Eddington [1928] s. f., 11-15).
El error de categoría
El mejor momento del video es el problema difícil de David Chalmers: ninguna descripción física implica que haya experiencia (Chalmers 1995). Es cierto, y es permanente. Pero el video lo lee al revés. De que la física no contiene la experiencia deduce que la experiencia tiene que ser un ingrediente físico escondido que todavía no encontramos, algo de más en la materia, esperando en el microtúbulo. La conclusión honesta es la contraria. La experiencia no es un renglón que falte en el inventario de partículas y fuerzas; es que ese inventario es la lista de lo que se mide, y el que mide no figura en su propia lista. Galileo Galilei decidió hace cuatro siglos quedarse solo con lo que se puede pesar y contar, y dejar afuera el color, el dolor y el sabor (Galilei [1623] 1981). El video se asombra de que la física, hecha a propósito para excluir la experiencia, no tenga la experiencia adentro. Nadie se extraña de no hallar el pez en la red que tejió justamente para que el pez pasara de largo.
Se ve mejor en un solo color. La física reduce el rojo a una longitud de onda, setecientos nanómetros, y esa cifra no tiene nada de roja. Es una distancia, la misma clase de cosa que mide un carpintero, y en ningún lugar del número aparece el color que vemos. La reducción es una traducción que deja afuera justamente lo que se quería entender: cambia la cualidad por su medida y hace pasar el cambio por una explicación. Y ahí está el fondo del asunto. Mientras la física siga siendo lo que es hoy, la ciencia de lo que se pesa y se cuenta, el rojo seguirá traducido a una longitud incolora, el dolor a una descarga, el sabor a una molécula, y el problema psicofísico no quedará sin resolver por falta de datos, sino cerrado de antemano por la forma del método. Sus fórmulas son sustitutos, no explicaciones: una ecuación puede predecir al milímetro cuándo verás rojo sin contener una sola gota de rojo.
Por eso cada teoría que el video presenta, al avanzar, descubre en su interior la misma pregunta que venía a contestar. El propio narrador compara esa cadena con una matrioshka, la muñeca rusa que lleva otra muñeca adentro. Ve la comparación, y sigue abriendo muñecas, convencido de que la próxima trae la respuesta y no otra muñeca. El panpsiquismo reparte una miga de mente en cada partícula y después no sabe cómo se suman las migas en una sola mirada sobre el mundo, y a eso lo llama el problema de la combinación. La información integrada, la teoría de Giulio Tononi, entrega un número al que llaman fi (Φ) y que mide cuánto del sistema no se deja reducir a sus partes. Para obtenerlo hay que comparar el sistema con todas las maneras posibles de partirlo en pedazos, y esas maneras se multiplican tan rápido que, para un cerebro humano, el cálculo excede lo que alcanzaría a hacer cualquier computadora antes de que el universo se apague (Tononi 2008). Una magnitud que nadie puede calcular tiene la ventaja de que nadie puede desmentirla. Vale la pena mirar de cerca el microtúbulo, porque la palabra impresiona solo mientras no se la traduce. Micro, del griego, pequeño; tubulus, del latín, tubito. Un tubito pequeño. Eso es: un cilindro hueco de proteína, de veinticinco millonésimas de milímetro de ancho, que la célula usa de andamio y de vía de tren para mover carga de un lado a otro. No es un órgano del pensamiento, es caño. Y no es cosa de neuronas: tienen microtúbulos el hongo, la lechuga y la célula que te fabrica la uña. Si la conciencia viviera ahí, el hígado estaría teniendo experiencias todo el día y nadie se habría enterado.
La reducción objetiva orquestada de Roger Penrose y Stuart Hameroff mete un colapso cuántico-gravitatorio dentro de un tubo de proteína y declara, sin más y sin vergüenza haciéndose el que entiende lo que sostiene, que cada colapso es un instante de experiencia (Hameroff y Penrose 2003). El microtúbulo, que hasta entonces se ganaba la vida como andamio, queda ascendido sin concurso. Por qué un pliegue de la geometría habría de ser una punzada de sentir, y no apenas un clic, no lo dice nadie. Sumar un misterio a otro misterio no da una explicación. Da dos misterios y un premio Nobel.
El observador no es un sujeto
El motor de todo el argumento es una sola palabra usada en dos sentidos: observador. En física, un observador es cualquier interacción que fija un valor, un detector, una placa fotográfica, una mota de polvo. No necesita ojos, ni un yo, ni sensación alguna; un contador Geiger observa. El video cambia en silencio ese observador por el otro, el que está despierto y ve rojo, y con el equívoco arma un cosmos que espera a que alguien pregunte para decidir qué es real. El colapso por conciencia de Eugene Wigner (Wigner 1961), el universo participativo, el cosmos dibujado como un ojo que se mira a sí mismo: todo descansa en tomar un término técnico y leerlo como si el aparato tuviera nostalgia de una mente. El mismo video admite que hoy muchos físicos consideran esa idea innecesaria, porque el carácter clásico de los aparatos se explica sin nombrar jamás la conciencia. El paso de la medición a una mente que mira no es un descubrimiento sino un homónimo.
El video enreda hasta su propio reparto. Le entrega las frases de John Wheeler (Wheeler 1990) (el universo participativo, el ser que surge del bit, la letra U con un ojo en la punta, y hasta el haber bautizado los agujeros negros) a un personaje al que llama John Wigner, fundido con el Eugene Wigner de unas líneas antes. Es un desliz pequeño, pero delator. Cuando el argumento vive del prestigio de los nombres y del aura de lo cuántico, los nombres mismos empiezan a desdibujarse. En descargo del video hay que decir que John Wigner es, de todos sus personajes, el más fiel a la tesis, porque se trata de un físico que existe solamente mientras alguien lo observa.
Lo único que acierta se vuelve en su contra
Los experimentos mentales de la señal invertida y del libro gigantesco muestran que la conciencia no puede ser un archivo quieto. Una grabación de cada impulso reproducida al revés tiene la misma información y no ve nada; un libro con la posición de cada partícula del cerebro no siente ningún dolor, por completo que sea. Una partitura no es un concierto, una receta no alimenta a nadie. La conciencia es un proceso, no una cosa guardada, y por eso subir la mente a la nube es un espejismo: la copia es un proceso nuevo, con su propia historia, y no la continuación del que se apagó con el cuerpo. Todo esto es verdad. Y sin embargo, nada de eso necesitó gravedad cuántica, ni microtúbulos, ni ojo cósmico. Es un razonamiento conceptual, de los que se hacen con un lápiz. La mejor página del video prueba que la pregunta es conceptual, y ahí mismo se le vacía el título, porque no es la física la que está por resolverla. No se necesita un acelerador de partículas para ver que la fotografía de una llama no quema.
Del hecho al sentido
Y llega el final, donde la operación verdadera muestra la cara. “Abrió finalmente un par de ojos para contemplar su propia belleza.” “Cada uno de tus pensamientos es, literalmente, una estrella muerta que ha empezado a recordar.” Esto no es física, ni siquiera es una hipótesis. Es un sermón. Aquí el truco se completa: de “no podemos explicar la conciencia” el video llegó a “el cosmos nos quiso, somos su autoconciencia, nuestra existencia tiene un sentido cósmico”. Ninguna ecuación dice que el universo quisiera ojos, ni que tu café de la mañana sea una estrella que recuerda. El carbono de la taza también estuvo en una estrella, y no por eso le pedimos su opinión. El sentido, el propósito, la belleza y la reverencia no se leen en una medición; los ponemos nosotros, y en el momento en que fingimos sacarlos de la física estamos haciendo religión mientras juramos que hacemos ciencia. No hay nada malo en el asombro. Hay mucho malo en un asombro que se disfraza de teorema y pide la autoridad del laboratorio. El creyente honesto y el físico honesto rechazarían los dos el canje. Es lo peor de los dos lados, una física que no puede dar sentido fingiendo que lo da, y una fe demasiado avergonzada para decir su propio nombre.
El título dice que la conciencia podría cambiar toda la física. Es al revés. La conciencia es lo único que la física se propuso dejar afuera, y lo va a seguir dejando afuera, no por debilidad sino por principio. El día en que alguien anuncie que su ecuación por fin sintió algo, la respuesta es la que el propio video cita de Richard Feynman y enseguida olvida: “Lo que no puedo crear, no lo entiendo.” No puede. Nadie puede todavía. Eso no es una crisis de la física. Es la diferencia entre la ventana y el ojo que mira a través de ella.
Bibliografía
Chalmers, David J. 1995. “Facing Up to the Problem of Consciousness”. Journal of Consciousness Studies 2 (3): 200-219. [Versión española del libro que desarrolla la tesis: La mente consciente: en busca de una teoría fundamental. Barcelona: Gedisa.]
Descartes, René. (1649) 1997. Las pasiones del alma. Estudio preliminar, traducción y notas de José Antonio Martínez Martínez y Pilar Andrade. Madrid: Tecnos. (Original en francés.)
Eddington, Arthur S. (1928) s. f. La naturaleza del mundo físico. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, Colección Ciencia y Cultura. (Original en inglés: The Nature of the Physical World. Londres: Macmillan, 1928.)
Galilei, Galileo. (1623) 1981. El ensayador. Traducción del italiano, prólogo y notas de José Manuel Revuelta. Buenos Aires: Aguilar Argentina. (Original en italiano.)
Hameroff, Stuart, y Roger Penrose. 2003. “Conscious Events as Orchestrated Space-Time Selections”. NeuroQuantology 1 (1): 10-35.
Isabel de Bohemia. (1643) 1997. Carta a Descartes del 6 de mayo de 1643. En Correspondencia con Descartes. (Original en francés.)
Leibowitz, Yeshayahu. 1982. Guf va-nefesh: ha-beaya ha-psikho-fisit [Cuerpo y alma: el problema psicofísico]. Tel Aviv: Ministerio de Defensa, La Universidad Difundida. (Original en hebreo; no hay traducción española.)
McDougall, Duncan. 1907. “Hypothesis Concerning Soul Substance Together with Experimental Evidence of the Existence of Such Substance”. American Medicine 2 (4): 240-243.
Qvibe Manas. s. f. “Esta es la razón por la que la ESCALOFRIANTE TEORÍA de la Conciencia Podría Cambiar TODA la Física”. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=MHe3RmOV9Ys
Tononi, Giulio. 2008. “Consciousness as Integrated Information: A Provisional Manifesto”. The Biological Bulletin 215 (3): 216-242.
Wheeler, John A. 1990. “Information, Physics, Quantum: The Search for Links”. En Complexity, Entropy, and the Physics of Information, editado por Wojciech H. Zurek. Redwood City: Addison-Wesley.
Wigner, Eugene P. 1961. “Remarks on the Mind-Body Question”. En The Scientist Speculates, editado por I. J. Good, 284-302. Londres: Heinemann.
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