Oded Balaban — University of Haifa — balaban@research.haifa.ac.il
La noche del 29 de octubre de 2026 hubo una manifestación frente a la casa de Gadi Eisenkot, en apoyo de la sociedad judeo-árabe. Habló Dany Algarat. Le habló a Eisenkot por su nombre, sin intermediarios, como quien le habla a un vecino.
La aritmética explica por qué fueron hasta ahí. En las elecciones del 27 de octubre ningún bloque alcanzó los sesenta y un escaños que hacen mayoría en la Knéset. El recuento de Ynet daba cincuenta y tres al bloque de Netanyahu, cuarenta y ocho al de Eisenkot y diecinueve a los partidos árabes. Las cifras todavía se movían cuando esto se escribió, pero la situación que describen es estable. Eisenkot no llega a formar gobierno sin los partidos árabes, y la única alternativa que le queda es entenderse con el Likud, es decir, con Netanyahu. Gobernar con ellos admite dos formas. Una es meterlos en la coalición; la otra, armar un gobierno de minoría que ellos sostengan desde afuera, como hizo Rabin en 1992 con la llamada mayoría bloqueadora. Algarat no elige entre las dos. Pide lo que las hace posibles a ambas, que es dejar de tratar a los ciudadanos árabes como un peligro. De eso trata el pedido.
Dany Algarat no es un militante cualquiera. Su hermano Itzik fue secuestrado el 7 de octubre de 2023 y, meses después, identificado entre tres rehenes asesinados en cautiverio. Él estuvo veinticuatro años en el cuerpo de explosivos de la policía israelí, el que desactiva bombas, y se retiró con el grado de sgan nitzav, equivalente a comisario mayor. Antes había servido en ingeniería de combate; después fue director de calidad ambiental en el municipio de Ashdod. Hoy enseña islam y Medio Oriente a alumnos de bachillerato. Su familia fue una de las seis que levantaron la Puerta Begin, el punto de protesta permanente de las familias de rehenes. Encabezó huelgas de hambre y devolvió su medalla de honor policial cuando el gobierno echó a Yoav Gallant.
Su argumento tiene una simplicidad que incomoda. El 7 de octubre, dice, se vio quién era peligroso para el Estado. En aquel gobierno no había árabes ni había izquierdistas. Era un gobierno de derecha completo, con kahanistas, o sea con los herederos declarados de Meir Kahane, y con racistas. Los que llevaron al país hasta ahí estaban en el poder, no afuera. La premisa de que los ciudadanos árabes son un peligro para la seguridad queda refutada por el dato de quién gobernaba.
Lo segundo que dice es igual de concreto. Los árabes de Eretz Israel aportan a la sociedad, a la salud, a la economía, en todos los campos; el 7 de octubre no fueron ellos los que salieron de sus casas, y condenan lo que ocurrió. A Eisenkot le pide dos cosas: que no tenga miedo y que no vaya detrás de los espejismos de Netanyahu. Le recuerda, de paso, que si a Netanyahu le sirviera, mañana mismo se iría con Ahmad Tibi.
Lo que vuelve difícil descartar estas palabras es de dónde vienen. No discute en abstracto sobre la convivencia alguien que mira el asunto desde afuera. Lo dice un hombre a quien el 7 de octubre le costó un hermano, y que pide lo contrario del castigo colectivo. Esa es la posición más incómoda para quien quiera usar el duelo ajeno como argumento político.
El video original, publicado por el propio Algarat: https://www.facebook.com/reel/1439898390913807. Los subtítulos en español son míos, y la versión subtitulada está en mi página de Facebook: https://www.facebook.com/reel/2624693014638152.
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