Cuando la política solo sabe oír cálculo, la objeción moral se vuelve un error de cuenta —y la respuesta, una amenaza.

Oded Balaban — University of Haifa — balaban@research.haifa.ac.il

Hay una palabra que, de golpe, está en todas partes. Cuando el gobierno británico prohibió el comercio con los asentamientos —hablando, sin eufemismos, de “limpieza étnica”—⁠, el presidente Isaac Herzog no dijo que la medida fuera injusta. Dijo que era “un grave error de cálculo […] una decisión que quedará del lado equivocado de la historia”. La elección de la palabra (miscalculation) no es un detalle de estilo: es, ella misma, todo el argumento. Vale desarmarla, porque en esa sola palabra se juega una operación entera.

Empiezo por el diccionario, que es media confesión. “Miscalculation” no es una palabra neutra: es un término técnico tomado de la estrategia y la teoría de juegos. Nació en la Guerra Fría, en la teoría de la disuasión nuclear, y allí nombra el terror mayor: que el adversario calcule mal la resolución o la fuerza del otro y desate una guerra que nadie quería. En ese universo el actor es una calculadora, y el único error concebible es de cómputo. No hay conductas justas o injustas; hay jugadas acertadas o erradas. Así funciona la teoría de juegos, por la que Thomas Schelling y Robert Aumann recibieron el Premio Nobel.

Por eso, cuando la palabra emigra de los seminarios académicos sobre disuasión al discurso político, trae de contrabando una metafísica entera. Decir miscalculation es declarar, sin discutirlo, que no hay más que cálculo: ni bien ni mal, solo una suma bien o mal hecha.

La pregunta que plantea el boicot británico es del orden de lo moral: ¿es lícito comerciar con —y así sostener— la ocupación y el terror de colonos en tierras que no están bajo soberanía Israel? Al llamarla miscalculation, esa pregunta se traduce a otro lenguaje: deja de ser ¿es justo? para volverse ¿es una jugada inteligente, dado lo que podemos cobrarte? La respuesta viene en el mismo registro: no un argumento, sino una amenaza. El 8 de septiembre de 2026, el canciller Gideon Sa’ar anuncia el cierre del consulado británico en Jerusalén oriental; Itamar Ben-Gvir pide reconocer el reclamo argentino sobre las Malvinas; y se prohíbe la entrada a doce británicos —once diputados, entre ellos el ex líder laborista Jeremy Corbyn, por “actividad antisemita o anti-israelí”. Pura lógica de disuasión: a un calculador no se lo refuta, se lo disuade —se le sube el costo hasta que “recalcule”—⁠.

La misma borradura opera en la elección entre dos palabras cargadas de política. En los medios rara vez se dice asentamiento, itnajalut —el término que refiere a poblaciones judías en territorio de Cisjordania, o sea, no bajo soberanía israelí sino en territorios ocupados desde la guerra de 1967—⁠, sino directamente hityashvut yehudit, poblamiento judío a secas, sin diferencia alguna con cualquier pueblo del Néguev o de la Galilea. Borrada la palabra, se borra la distinción; borrada la distinción, la objeción europea se vuelve incomprensible: si todo es “poblar”, ¿de qué ocupación me hablan? El vocabulario no describe el problema: lo hace desaparecer —y entonces quien lo señala parece, otra vez, un mal calculador.

Aquí está el truco, doble y casi perfecto. Primero se desmoraliza la posición ajena: lo que el otro presenta como cuestión de conciencia se redescribe como mero cálculo, y encima equivocado. Después se remoraliza en una sola dirección: oponerse a nosotros no es una posición moral rival, es antisemitismo. El resultado es que tu moral queda descalificada de antemano —es “miscálculo”—⁠, y la única moral que sigue en pie es la acusación que te lanzan. Te sacan del terreno ético por una puerta y te acusan de un pecado por la otra.

Este truco no opera solo hacia afuera, sino en igual medida hacia adentro, hacia los propios ciudadanos de Israel. Quien se opone a la ocupación por razones de conciencia —no como reacción a un boicot británico ni a ningún otro cálculo, sino desde una posición de valores que sostuvo siempre— es empujado a suspender su parecer y a alinearse con una línea nacionalista, como si ante él no hubiera un desacuerdo moral sino una prueba de patriotismo.

Lo que de veras inquieta es esa supresión de la pregunta moral por decreto de vocabulario. Porque en cuestiones morales no se obra por cálculo. Max Weber distinguió hace un siglo la racionalidad instrumental —la adecuación de medios a fines— de la racionalidad de los valores; obrar moralmente pertenece a la segunda: es hacer lo justo aun cuando cuesta, aun contra el propio interés. Medir un juicio moral con la vara del cálculo es un error de categoría, en el sentido exacto de Gilbert Ryle: se contesta una pregunta de un orden con el instrumento de otro. La razón instrumental sabe preguntar, con eficacia, ¿este medio sirve a mi fin?; lo único que no puede preguntar es ¿es justo el fin?. Max Horkheimer llamó a eso el eclipse de la razón sustantiva por la instrumental. Llamar “miscalculation” al que objeta por conciencia es, pues, negarse a la única pregunta que importa. El hombre queda reducido a un maximizador de utilidad esperada que solo puede equivocarse en la cuenta —la vieja reificación, lo vivo tratado como cosa, ahora hecha lenguaje de Estado.

De ahí la ironía amarga: los que acusan al otro de “miscalculate” (calcular mal) responden con cálculo y amenaza, no con argumento. Han dejado de distinguir el bien del mal, lo digno de lo indigno, y en su clamor no oyen más que un error de aritmética.

Puestas en fila, estas palabras dicen una sola cosa. “Miscalculation” borra la conciencia; “colonia en general, sin distinguirla de asentamiento” borra la ocupación; “antisemitismo” borra la objeción moral del otro; y “emigración voluntaria” es ya una expresión plenamente orwelliana: borra la coacción y la reemplaza por “voluntad”, mientras vuelve insoportable la vida de los palestinos. La misma operación, una y otra vez. Por eso una oposición que también dice “colonización” sin distinguirla de asentamiento en territorios ocupados, y solo sabe lamentar el “antisemitismo” del mundo no combate esta política: le presta su lenguaje.

Termino donde empecé, con la palabra. Una lengua política que solo puede oír “miscalculation” no ganó en realismo: perdió el oído para la conciencia. Quien le recuerda que hay actos que no se calculan —que hay cosas que no se hacen aunque salgan a cuenta— no está calculando mal. Está haciendo lo único que una calculadora no hará jamás: negarse.

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